Olivia no arranca. #relatosmoteros

Mi nombre Pedro Martos Arcos, me conocen por Wiwi. soy el presidente de la Asociación Mototurística La Ardilla Vuelve. Estamos intentando recuperar un concentración invernal (La Ardilla) que se hiciera en Jaén en los años 80 y 90.En enero hicimos la 2ª edición. Te paso el enlace de nuestra/mi página de La Ardilla Vuelve (soy yo el único que está moviendo esto). https://www.facebook.com/laArdillavuelve/Acabo de llegar de nuevo al mundo de la motocicleta, llevaba más 25 años sin moto.

Lo bueno del día es que trae la noche, y lo malo de la noche es que trae el sueño, y tras el sueño: un nuevo día, otra rutina, de nuevo el sol  y “otro jueves tan cobarde que no sabe subirse ni los pantalones”  que cantaran los Caballeros del Quema.

Entro en la cochera como cada mañana y mi bella Olivia no arranca. La batería dejó de cantar al son de un ralentí de 900 rpm.

Al pronto me veo con la indumentaria motera paseando a mi perrita por mitad de un carril entre estos olivares. Estoy de regreso a mi casa y me sorprende que lleve puesto el sotocasco, braga polar, el casco modular cerrado, traje de cordura, guantes de invierno, traje de agua y las botas de cuando voy a la invernal de Millevaches en Francia, hace un poco de frio, pero el sol está en lo alto del cielo más azul que haya visto en años y esta mañana tiene más de finales de primavera que de mediados de invierno.

Las margaritas y amapolas silvestres giran sus cabezas a nuestro paso, ven pasar a una especie de Mazinguer con un perro no es muy grato para sus radiantes y floridos ojos de colores.

En la cochera dejé a Olivia colgándole dos hilos finos que les salían de la batería e iban a un aparato con cuatro luces que parpadean enchufado este a una toma eléctrica en la pared.

La moto no arranca y la única calle de bajada para intentar arrancarla en marcha la tengo en lo alto de la empinada calle de enfrente de mi cochera, es lo malo que tiene vivir en la parte baja del pueblo que lo primero que tienes que hacer es, subir.

Otra vez me veo con la perra, ésta vez cruzando el puente de la autovía andando, y con la indumentaria con la que subí a la ciclogénesis de diciembre a la región de Correze en Francia, o con la que recibí en enero a la borrasca Gloria en la invernal de La Ardilla Vuelve.

Camino casi como un robot por las capas de ropa que llevo. La autovía vacía, el silencio se rompe por el cacareo de unas gallinas y la de un gallo barítono que se explaya en mitad de ese extraño vacío silencioso  de las once de la mañana.
Me levanto la visera del casco y es en ese momento cuando me doy cuenta de que estoy sólo.

Sólo, a las once de la mañana de un jueves cualquiera, en lo alto de un puente que cruza una autovía, donde no hay nada. Ningún vehículo, ninguna persona, solo los pájaros, el canto del gallo y mi perra ladrándome como si no me conociera.
Parecía un astronauta en un nuevo planeta muy azul y limpio.

Nada, por tercera vez que le tiro al arranque y que ésta vieja moto se niega a corresponderme con su tos mañanera.

Allí, vestido de motero invernal a finales de marzo, con las amapolas, margaritas y jaramalgos mirándome extrañados, me encuentro en lo hondo de la calle y en la más absoluta soledad y con esta motocicleta que no quiere arrancar.

Un codazo me despierta de súbito.
– Deja de roncar por favor – me dice mi mujer con una voz envuelta en una mascarilla.

En pijama y zapatillas de paño bajo a la cochera y veo a mi vieja moto apoltronada sobre la pata de cabra, respiro profundo y de un pisotón la alzo sobre el caballete central. Y es entonces cuando le desconecto la batería.

Texto escrito por Pedro wiwi Martos

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