La mirada de los niños. #relatosmoteros

JUAN CARLOS TORIBIO Coordinador nacional de Unión Internacional para la Defensa de los Motociclistas. Dirige el Departamento de Seguridad Vial y la Escuela Técnica de Conducción. Unión Internacional para la Defensa de los Motociclistas es una ONG que principalmente lucha por los derechos de los motoristas y que es muy activa en España y Mexico.

Puedes ver sus videos en el canal de Youtube Desterrado.

Muchas historias empiezan con un “corría el año…” ésta empieza recordando la desesperación, las lágrimas de una tierra olvidada, el exilio, las bombas, las familias destrozadas, las tres religiones de sangre…

Esta empieza recordando los cristales rotos; sacos terreros en las ventanas, fachadas tiroteadas, odio, perdón, destierro, el éxodo de más de 1.8 millones de personas, realojos, casas ardiendo, cementerios violados, las mafias de la guerra y la postguerra, 97.207 víctimas documentadas…

Y un niño que corría disparando con una pistola, a un coche Zastaba que se daba a la fuga en dirección a la carretera. Esta historia empieza, con 11 años de vida cosiendo a tiros a unos adultos.

Y en todo esto, un grupo de Guardias Civiles, con algunos conocimientos y el alma rota en pedazos de ver tanto sufrimiento, un grupo que nos habían desplazado para formar parte del contingente IFOR de la OTAN que luego, más asentada la paz con alfileres, pasaría a llamarse SFOR.

Teníamos un chaleco fragmentario, un casco de combate, una mochila táctica de combate, una pistola M30 y un subfusil del 5,56. Nos enfrentábamos al odio que tenía el origen en la visión de “fuerza invasora”.

Había que ganarse a la población con el alma, ayudando y formando parte de las soluciones a sus problemas y para eso, pese a las resoluciones de los acuerdos de DAYTON de 21 de noviembre de 1995 (ratificados en París el 14 de diciembre)  y del Estado Mayor, a escondidas y con cautela les ayudábamos en todo lo que podíamos, les entendíamos y sabíamos que podíamos ser cualquiera de nosotros.

Poco a poco, los españoles nos fuimos ganando nuestro espacio, pues el alma del ejército español, cuando se enfrenta al dolor de gentes desprotegidas, es infinitamente respetuosa y generosa y eso, lo he visto, pero ¿Qué tiene todo esto que ver con la moto?

Teníamos en nuestra dotación de vehículos varios blindados, pesados y lentos y nos habían mandado desde España seis Yamaha XT 350, de esas que usaba SEPRONA, 27 modestos caballos y 135 km/h de punta en buenas y favorables condiciones.

Y AQUÍ EMPIEZA LA HISTORIA.

Teníamos como misión revisar algún baipás estratégicamente localizado para mover fuerzas, recursos o ayuda humanitaria evitando carreteras principales y detectar posibles incidencias de riesgo en los mismos, trampas o bloqueos. Teníamos que garantizar que en el momento de supervisión se encontraban en buenas condiciones.

Salimos dos guardias civiles y dos motocicletas, cargados con lo suficiente para cumplir la misión y no volver torpes nuestros movimientos. Ya teníamos bastante con llevar el chaleco fragmentario.

Salimos de Dracévo, M17 dejando la destrozada Pocitelj a la derecha y el río a la izquierda, Buna a la derecha (no os perdáis el nacimiento del rio Buna si visitáis Bosnia).

Recorrimos primero algunas calles de Mostar, dónde nos quitaban las alcantarillas para bloquear el paso de los blindados ligeros y poder ejecutar emboscadas, ese día, esquivé varias y abriendo gas con juego de embrague, salté por encima de una abierta.

Saliendo de la zona de riesgo, nos sentíamos observados, no, no, mejor dicho, estábamos siendo observados… ya habíamos salido de Mostar, dos motos y dos guardias civiles, quedaba camino por hacer.

Nos adentramos en carreteras estrechas y pasamos a los caminos de buen uso, seguimos y seguimos por uno de ellos, en un tiempo dónde no teníamos GPS pero nos movíamos de la mano de cartografía bien protegida, brújula, árboles y el siempre aliado Sol. Por la noche no hacíamos este servicio.

El primer mapa a consultar en los movimientos que hacías siempre era el de minas y luego, el otro, de caminos y carreteras. Las minas era otro de los peligros a los que nos enfrentábamos y en ocasiones, el mapa no hacía referencia a su existencia, cada día aparecían minas nuevas localizadas, niños con amputaciones, personas fallecidas.

En una loca carrera por crear el caos y hacer el mayor daño posible como venganza, las minas cayeron en manos de la población civil, milicianos que las colocaban sin control alguno, dejarme que recuerde las operaciones de mérito y riesgo, del desminado que realizaban algunos compañeros de los diferentes naciones y los servicios médicos del ejército español atendiendo a infinidad de ciudadanos.

Sabíamos que había minas no solo por el mapa, también por el ganado muerto en los campos y esos malditos cartelitos rojos en forma de triángulo invertido mirando el suelo.

Seguimos por caminos, nos cruzábamos algunos coches, vacas que cortaban el camino y nos miraban y algunas aldeas de la profundidad rural.

Llegamos a una que no recuerdo ni el nombre, unas 15 casas y niños corriendo por sus calles, como en la nuestra vieja Castilla de los 60, ese olor a los excrementos del ganado en sus calles me recordaba mi pueblo y la humildad de sus gentes. 

Baje la velocidad mucho y conmigo mi compañero, a paso de persona, mirando, buscando... Los niños salieron hacia nosotros chillando y riendo, como si fuéramos su presa, corriendo detrás de nuestras motos, en esa locura de la novedad no esperada, del circo sano sin entrada y de la inocencia de los inocentes.

Sonreí, paramos las motos en una orilla de la calle principal y se tiraron encima para verlas.

_Ne diraj, ne diraj to_ les decía en mi mal serbo crota_Ne diraj, no toques eso_

Ya sabéis a que me refería, me refería al tubo de escape y lo hacía con una sonrisa y habiéndome quitado el casco, por eso que el lenguaje no verbal vale más que el uso del verbo y más, si no tienes ni idea de conjugar sus ocho declinaciones.

_¡Qué diferencia!_ Exclamé mirando a mi compañero.

Mientras disfrutaba entre risas con los niños, reflexioné y me puse a recordar…

En España, cuando daba charlas en los coles tenía que dejar el arma en el cuartel para que los niños no se fijaran en ella y se constituyera elemento distractor. En España, me preguntaban si había matado a alguien… esa era la perenne curiosidad y me entristecía, les intentaba hablar de las drogas, de seguridad vial, de violencia de género… pero lo importante era saber si había matado a alguien. 

En Bosnia Herzegovina, me preguntaban por la moto, les parecía enorme, potente y les llamaba la atención esos dos guardias civiles que incluso podían hablar algo con ellos, contándoles alguna historia. Nos preguntaban por la bandera de nuestros hombros, por como era nuestro país y en ocasiones, en esa soledad de la reflexión, retirabas la cara para evitar llorar.

Sacamos de nuestras mochilas de combate las cajas de ración de comida, una bolsa de caramelos, unos bolígrafos, un cuaderno y se lo dimos. Ese día no tocaba comer. Saltaban y corrían de alegría gritando _¡Havala, havala…!_ y nosotros nos miramos y sonreímos.

Algunos curiosos y curtidos adultos, entrados en años, miraban desconfiados y una anciana, sentada a la puerta de una casa que desde el principio estaba observando la escena, sonreía con tristeza.

Me levante, puse la mano en el pecho, la miré y descendí mi cabeza en muestra de respeto, la anciana descendió la suya en mismo gesto y entendí que nos entendíamos.

Volví mi atención a los niños, alguno de ellos había advertido mi gesto y uno cogió mi mano y se la puso sobre su cara suave, le acaricié la cabeza y descendí hasta su altura. En cuclillas, como estaba antes, ya agachado, me dio un abrazo.

Paso un tiempo en el tiempo… regresamos. En esa ocasión cargamos las motos con zapatillas que habíamos comprado, pues algunos corrían descalzos y otros casi descalzos.

Era el año 1995/1996… una guerra dentro de Europa olvidada con la que aún sueño después de haberla vivido durante un año y que me deja ver las poltronas de buen vivir, las quejas de estómagos agradecidos, las fronteras que matan y la verdad de nuestra ceguera interesada. Eran los primeros pasos hacia la reconstrucción de lo imposible.

Y ¿Qué pasó con ese niño que corría disparando con una pistola, a un coche Zastaba que se daba a la fuga en dirección a la carretera? …

Nada, las órdenes eran intervenir y quitarle el arma, como tantas veces ¡ordenes de despacho!, ante un niño que solo quería proteger lo que quedaba de su familia… y nadie salió herido.

Hoy he rescatado esta historia para vosotros a petición de Alicia, no sé si con acierto, si he hecho bien volviendo así al pasado, he recorrido algunos países, unos treinta o cuarenta, seguro que menos que vosotros y coincido con Alicia, el mundo está lleno de buenas personas y ¿malos? cuatro, aunque hagan mucho daño.

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