Los 100 últimos kilómetros

No, no te creas que esto es una despedida. Sería la peor pesadilla soñar que solo me quedan un centenar de miles de metros por recorrer en moto por este planeta. Entre otras cosas porque si estuviera en esa fatídica disyuntiva, me sería imposible elegir la moto a utilizar, y también por decidir entre los miles de rincones ya conocidos y los otros muchos millones más que todavía esperan por el mundo para ser recorridos.

Son ellos mismos, los cien últimos km los protagonistas, los últimos 100 km que restan para finalizar cualquiera de tus viajes de regreso a casa. Quizá tu referencia no sean 100, si no 50 km, o Guadalajara, Ocaña, Cervera, Ponferrada, la casa de Pedro o la curva de Pascual, eso da igual. Son esas decenas de kilómetros que consideras el “pasillo largo de tu casa”. Pero vayamos por partes antes de centrarnos en esos cien mil metros.

Cuanto te planteas salir de viaje siempre planeas, preparas, más o menos, y sales al fin, eternamente con retraso. Con mil ojos y en la mente como una ametralladora la pregunta de siempre ¿que se me olvida?. Enhebras los primeros kilómetros atravesando la ciudad, por la vía periférica o si vives en un pueblo directamente por la carretera de siempre. Te sabes los trucos, los cruces, la frecuencia de los semáforos y además circulas más atento que un búho para que alguno de los vehículos que te rodea no ponga punto final a tu aventura nada más empezar. Calculas las maletas con mucho espacio de más, estas atento a las suspensiones y a como se mueve tu acompañante. Aumentas tus márgenes de seguridad de forma importante y puedes tener la certeza de que ni entre el grupo de los mas “quemados” se sale ya de entrada, de carreras. Las posibilidades de verte envuelto en algún problema circulatorio son mínimas. Debidas directamente a un error tuyo prácticamente 0.

Después viene el viaje, más o menos largo, de un solo día, de varios, por España o el extranjero. Cada uno tiene sus muy diferentes momentos y situaciones de riesgo. Entre el segundo y cuarto día se produce el acoplamiento definitivo entre pilotos, compañeros, bultos, y ritmos, y pasa el peor momento en cuanto a la seguridad en la circulación de casi todo el viaje. Días más tarde con todo acoplado y con la experiencia acumulada, el factor seguridad nutrido con los kilómetros aumenta. El riesgo es solo ligeramente superior al de los primeros kilómetros por tu casa.

Si haces una escala de varios días en algún punto y realizas los mismos tramos con asiduidad en cortos desplazamientos te vuelves a meter en zona de peligro. “Total voy sin maletas y ahí al lado”. Además tu indumentaria no es la adecuada. “No me voy a poner el mono para ir a la playa del otro pueblo”.

En cualquier caso a lo largo de todo un viaje siempre hay algún susto, de esos que te aceleran el corazón. Situaciones, momentos, instantes apenas, en los que ese “shock” de alerta natural resulta inevitable, automático, instintivo. El corazón con ritmo acelerado, los nervios de punta y los músculos tensos son las reacciones físicas. El cómo evitar el accidente la única meta.

Por mi experiencia personal te aseguro que en los primeros viajes hace ya algunos decenios, cada día tenía varias anécdotas de esas de “viste el que se me cruzó”, o “no veas, casi me como el tractor”. Situaciones para comentar con los amigos y que produjeron esa situación de susto que afortunadamente quedó en la historia como anécdota. Después el indicador de seguridad que para mi resulta el conjunto “anécdota-susto” fue disminuyendo. Pase de un susto cada varios días, a cada varios viajes , a una de vez en cuando…. Naturalmente esto me sugería varias preguntas. ¿Cada vez sé mas, o cada vez arriesgo menos? ¿Me estoy haciendo mayor?. ¿ No darse sustos es aburrido?. ¿ Moto y anécdota-susto son ,o no, inseparables ?.

Con todo ello el viaje prosigue y más tarde o temprano comienza el regreso. Todo suele ser normal hasta que solo te falta el “pasillo largo de tu casa”. Ya te sabes los trucos, los cruces y los semáforos. En tu cabeza como una ametralladora un motón de inquietudes. “Que ganas tengo de ver a tal o a cual y contarle Que ganas tengo de llegar”… Tus barreras de seguridad bajan a ritmo aun mayor que los kilómetros. Todo es tan fácil, lo conoces tan bien. Te conviertes en un autómata que solo descuenta referencias.90 km a 120 Km / más o menos 45 minutos…desde la curva de Pascual como siempre 12 minutos…

Son esos kilómetros en los que no se descubre al radar acechante, ese que no se te hubiera escapado de ninguna manera si estuvieras al principio o incluso a la mitad de tu viaje en territorio desconocido. Solo aprecias las referencias deseadas y en tu cabeza el factor riesgo casi desaparece debido al conocimiento del entorno. “Las rotondas de la M-505, de gasolina llego justo pero ya no paro”… “lástima que mañana tenga que volver a trabajar” “Van a alucinar en el trabajo”. Sin darte cuenta estas en el momento más crítico de todo el viaje.

Puede ser, y de hecho resulta tan inevitable esta peligrosa situación psicológica, que por ahora solo he descubierto una manera de combatirlo. Disfrutar del viaje hasta que se acaba. Da igual que sea un viaje de trabajo a la provincia de al lado, como el retorno de un alucinante viaje por el desierto de tal y tal. Los últimos 100 km, la curva de Pascual.. no deben ser referencias para descontar, si no los últimos metros de un viaje que hay que saborear con calma. Donde aplicar toda la sabiduría acumulada por tus anteriores conocimientos más los del viaje que se acaba. Disfrutando del trabajo bien hecho, paladeando el placer de llegar, gozando de la seguridad y atención que requieren ese “largo pasillo de casa”. .

 

 

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