VUELTA A ESPAÑA POR PUEBLOS ABANDONADOS #relatosmoteros 

Pau Vidal. “Mi pasión es viajar en moto. Llevo más de 25 años viajando en moto por 4 continentes, y sigo disfrutando de cada kilómetro sobre la moto. Ahora mi sueño es ayudar a otros viajeros a cumplir sus ilusiones de viajar en moto. https://www.pautravelmoto.com/

UN VIAJE DE 25 DÍAS Y 5.000 KMS.

BAÑO DE LUNA.

Muchos viajes quedan marcados por los primeros momentos. El día de salida ha sido intenso, para poder acabar los últimos preparativos y recorrer los primeros kilómetros. Afortunadamente, me esperaba un pueblo “abandonado” muy especial para la primera noche: El Fonoll.

El Fonoll fue un pueblo abandonado hasta que a un emprendedor se le ocurrió convertirlo en un pueblo naturista. Y pasó de soñarlo a ponerse manos a la obra. El Fonoll ya no está abandonado, sino que se ha convertido en la crónica de un sueño que ha empezado a hacerse realidad.

He llegado con la moto al anochecer, esa hora mágica donde se confunden el día y la noche. Al poco rato de llegar, ha aparecido una chica francesa que viene a quedarse un tiempo dando masajes a los escasos clientes del pueblo naturista.

Tras montar las tiendas, nos hemos sentado a compartir algo de cena y una larga conversación. La noche estaba preciosa en este paraje apartado del mundo, con una luna creciente que rompía tímidamente la noche.  Decidimos acompañarla con un baño a la medianoche y nos bañamos los tres. Un baño nocturno en un pueblo abandonado que empieza a revivir.

SOL Y LUNA.

Hoy ha sido el verdadero inicio de viaje. Abandonar la provincia Tarragona y cruzar por las tierras de Lleida para entrar en los Monegros por el pantano de Mequinenza. Tierra dura, áspera y un clima infernal han marcado esta kilométrica jornada de pistas pedregosas y polvorientas ¿Acaso podía esperarse otra cosa en agosto?

Por el camino me encontré una agradable sorpresa al pasar por Les Besses, una cuidada ermita junto al pueblo abandonado. El interior de la ermita transmitía un ambiente misterioso. El aire era fresco y silencioso, en penumbras con la poca luz que entraba por dos altos ventanucos y el altar preparado para cualquier ritual. Con el tiempo detenido, no costaba imaginar una suave melodía de flauta flotando en el ambiente.

A partir de ahí, el día se endureció con un calor sofocante que me acompañó sin tregua. Me percaté de la dureza del viaje que había emprendido, alternando a ratos la desolación del paisaje repetido y el cansancio de los kilómetros con sorpresas en los caminos. En plena sequedad de Los Monegros, me sorprendieron los riegos de las plantaciones: el milagro del agua y la vida, dibujado por un horizonte lleno de chorros de agua.

Tras atravesar Bujaraloz llegaron por sorpresa las mejores sensaciones del día: llevaba cerca de 8 horas sin bajarme de la moto, y emprendía sin demasiado ánimo los kilómetros finales. ¡Qué bellos fueron! A mi derecha, un sol rojizo se resistía a desaparecer y jugaba caprichoso con la línea del horizonte, dibujando una preciosa puesta de sol. A mi izquierda, aparecía la luna la que orgullosa lucía en el cielo anunciando la noche.

Sol y luna; luna y sol. Ambos fueron mis acompañantes simultáneos de viaje en esas horas finales del día, recorriendo las pistas hacia Gelsa.

EL HORIZONTE INFINITO.

Las pistas de Quinto de Ebro a Belchite en Los Monegros resultaron ser hermosas sensaciones de desierto. Es impresionante sentirse solo en la moto en aquel paisaje desértico. La línea del horizonte se dibujaba lejana, mientras que todo lugar a donde alcanzaba la vista permanecía inmóvil.  Se siente uno tan poquita cosa en aquellas llanuras rojizas, que apetece parar el motor y sentir su calma para escuchar un silencio solo roto por el viento. El encanto del desierto: esa mágica fascinación que nos atrae y nos convierte en drogadictos.

La velocidad pasaba a ser algo relativo: al no haber referencias, me sorprendía a mi mismo a veces rodando a 100 km/h por aquellas rectilíneas pistas polvorientas. Me olvidé del destino y me dediqué a disfrutar del placer de rodar por rodar. Deambular sin destino. De vez en cuando aparecía un pastor en medio de la nada, dónde paraba la moto y charlaba unos minutos con ellos. Piel dura y reseca, pocas palabras y un esbozo de sonrisa, una extraña complicidad propiciada por el solitario entorno. Uno de ellos me confesó: “son las ovejas las que me acompañan y vigilan que no me marché ¿a dónde habrían de irse ellas? conocen cada brizna de hierba de estos terrenos; yo hace años que simulo vigilarlas, pero que no se entere el amo ¿Qué haría todo el día sin la compañía de estas ovejas?”

Se acabaron todas las pistas. En vez de retroceder, seguí adelante por un cauce de río seco. Me recordaba a los oueds de Marruecos. Finalmente, aparecieron las ruinas del pueblo viejo de Belchite.

EL PLACER DE PERDERSE.

Al llegar a las montañas riojanas y sorianas, el paisaje cambió radicalmente. Bosques, abundante vegetación y fauna variada pasaron a ser la tónica que acompañaba a las reviradas pistas de montaña.  Encontrarse con pequeños ciervos al girar una curva. El espectáculo de los soles-sombra al entrar en los bosques del camino. Largas subidas y bajadas. El paso de Los Monegros a un terreno agreste. De la desolación a la vida abundante. Todo ello desde el placer de rodar relajadamente en la moto intentando beber lo que veo y sentir todo lo que voy encontrando.

Al tiempo, aparecieron nuevos retos en cuanto a la orientación al acabarse los horizontes infinitos, los llanos y los rumbos claramente definidos. Hay que aprender a hacer convivir las señales del precario gps sin cartografía con la intuición, es decir combinar las señales de la tecnología con las reglas clásicas de la montaña: ubicar los valles, los altos, etc. Las distancias rectas en la pantalla quieren decir poca cosa. Por ejemplo, el gpg me indicaba que estaba a menos de 1 kilómetro del punto marcado; y era cierto, aunque frente a mi había un desnivel cortado de 700 metros. ¡y yo con ruedas, pero sin alas!

Me pierdo y me pierdo y vuelvo a perderme mientras voy aprendiendo esa nueva combinación entre la intuición y la tecnología. Pero a quien le importa perderse, si eso en estas montañas siempre es un placer: ¡hasta seis veces llegue a saludar a la solitaria vaca que vigilaba el alto!

PELEANDO CON EL BARRO.

Por la tarde esquivé la tormenta con una parada en el momento justo. No es lo mismo pegarte una remojada cerca de casa donde tienes a mano una ducha caliente y ropa seca, que la lluvia durante el viaje con todas mis pertenencias sobre la moto. A la noche, el cielo seguía amenazante de más lluvias, así que decidí buscar una habitación para dormir. Fue una sabia decisión. Esa noche descargó mucha agua en la zona, una tormenta tras otra sin descanso.

Pensaba que había esquivado los males del agua; pero bien pronto me di cuenta de mi error. Me quedaba por delante todo un día de pelear sobre el barro resultante de las lluvias. Un barro rojizo, pegajoso y resbaladizo.

Durante muchos kilómetros estuve flirteando con la caída: largas patinadas, charcos y derrapadas. Siempre a punto para probar la dureza del suelo, pero salvando el desastre en el último momento con el consabido “¡uuuuyyyy!”. Tanto va el cántaro a la fuente que finalmente perdí el control de la moto y me fui al suelo. Nada demasiado grave, salvo las heridas en el honor. Pero después de la primera caída, apenas un kilómetro después vino un segundo revolcón. Enrabietado y molesto conmigo mismo, enfilo hacia el cercano Santa María de Ribarredondo. El sabio el refranero español nos dice “qué no hay dos sin tres”, y de nuevo, al cruzar la mojada vía del tren volví a caer con la moto.

¡Vaya día! Al llegar a Santa María busqué un bar para revisar los daños en la moto. Se había roto un filtro de gasolina, por donde se escapaba a chorros el preciado líquido. Con el café caliente, rehago la moral y el ánimo, y encuentro un amable taller de coches Renault en el que me facilitan un trozo de tubo con el que sustituir el del filtro dañado.

En poco rato, vuelvo a estar a punto para continuar viaje. A seguir la lucha contra el barro, que todavía me acompañaría en un par de días, obligándome a seguir interpretando el papel de equilibrista motorizado.

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