Una tarde en las arenas del Gobi

Ya es noche cerrada en el Gobi. Brillan las estrellas con la pureza que solo se puede apreciar en los desiertos. Ya no puedo ver las dunas, esas en las que hace apenas unas horas pasamos unos gratos momentos.

El día comenzó con la visita a las cuevas de Mogao, que atesoran la mayor concentración de arte budista de China, casi 500 grutas excavadas en un farallón arenoso donde los monjes fueron guardando durante milenios no solo sus plegarias escritas en chino y tibetano, también sus pinturas y estatuas religiosas y dejando constancia de todo el acontecer de este encuentro de caminos de la gran Ruta de la Seda. Aquí se unían las dos grandes vías que rodeaban el inhóspito desierto de Taklamakan. Los que viajaban hacia occidente rogaban por tener una ruta sin problemas. Las caravanas que llegaban en su viaje al oriente agradecían con plegarias su buena ventura. Hoy, a pesar de los expolios y destrucciones de principios del siglo XX aun conservan miles de referencias, murales, estatuas…es para todo amante de la cultura universal un lugar fundamental en la historia de la humanidad. Sigue leyendo click en leer mas.

Por la tarde nos pusimos el traje de faena y una moto con ruedas de tacos para disfrutar de las arenas de las dunas que se elevan a más de 200 metros sobre el oasis al que lamen como olas de un mar bravío. Buscamos el paso entre los estrechos caminos del los cultivos y frutales del grandioso oasis de Dunhuan y alcanzamos la arena. Nada más entrar ya me di cuenta que sería difícil llegar muy arriba; demasiado blanda, pero lo intentaría. Con decisión y mucho gas apenas conseguí llegar hasta la mitad de una de las primeras olas de arena. El calor aun apretaba fuerte a las ocho de la tarde. Un par de intentos mas y ya me convencí que no era ningún piloto de rallye con destino fijo tras las olas , y guiado por la prudencia pensando en los miles de kilómetros que aún nos quedan por recorrer , decidí que lo mejor sería cederle la moto a William para que tuviera su primer contacto sobre la arena del desierto. Pasmos un rato muy agradable. La proximidad del oasis con su hotel nos daba gran tranquilidad así que tras divertirnos un poco nos fuimos a recorrer los caminos que transitan por el interior del delicioso verdor de un oasis legendario bajo la fresca sombra de sus árboles. Acabamos dando de comer a los camellos entre las risas de los agricultores chinos. Tras este día de relajación, mañana seguiremos ruta. Destino Hami, donde se asegura se producen los mejores melones de toda la China.[nggallery id=27]

 

 

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