Siberia 2016

Ricardo Fité nació en Barcelona el 4 de enero de 1974, es licenciado en Educación Física y cinturón negro de judo. Desde hace años cada verano viaja en moto llegando a perder incluso todos sus ahorros. En 2018 publicó su primer libro de viajes en moto: No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto, que ha tenido una gran acogida entre el público amante de la narrativa de viajes, y que ha sido traducido al catalán, alemán e inglés. Su última aventura consistió en pasar un verano en África con una antigua Yamaha XT, mientras tanto nos deja con Cinco Veranos en Moto donde nos cuenta lo mejor de sus vivencias en: Turquía, el Norte de Rusia, Irán, Tayiquistán y Siberia.  


Por aquel entonces, a pesar de que ya llevaba cinco años viviendo en Estocolmo, aún no conseguía entender a los suecos. Me seguía sintiendo torpe en una sociedad a mi juicio llena de lujos innecesarios y que se movía al ritmo de la continua comparación. Incluso la belleza de los escandinavos también me abrumaba. Así que, en cuanto aparecía algún motivo para huir, no lo dudaba y tomaba el primer vuelo para Barcelona con tal de pasar unos días entre humanos disfrutando de la necesaria complicidad. En la misma línea, durante las tardes de oscuridad que pasaba en casa escribía, leía y veía vídeos sobre Rusia. Hasta me aficioné por su música clásica. Por el contrario, en lo relacionado con la moto sí que estaba sabiendo aprovechar el hecho de vivir en Suecia, pues estar tan cerca de la frontera con Rusia suponía una gran ventaja. Bastaba con embarcar la Honda en el ferry de Estocolmo a Helsinki y, al segundo día, podía llegar a San Petersburgo por una cómoda carretera.


Tras el oscuro y largo invierno por fin llegó la primavera y con ella el cambio horario, la luz, la vegetación, las flores… Los días se alargaban hasta que la noche se volvía débil y tan solo duraba unas cuatro horas. Se acercaba la fecha de un nuevo viaje. Nada me hacía más feliz que los preparativos. Creo que esta parte del viaje en ocasiones puede ser más motivadora y gratificante que el viaje en sí. Pensaba sin descanso en el material de acampada que me iba a llevar. Llevaba la moto al lavachoches y la limpiaba hasta dejarla reluciente. Compré un mono de cuero de segunda mano y pasaba horas untándolo con diferentes cremas que lo hacían brillar. Después me lo probaba convenciéndome de que debía adaptarlo a mi cuerpo antes de emprender el viaje. Entonces me iba al espejo, me miraba y me sentía como un auténtico piloto de carreras. Así pasé sobre todo las últimas semanas, hasta que llegó la hora de partir. Siberia me esperaba.
Aunque ya había ido varias veces en el barco de Estocolmo a Helsinki, esta vez la travesía sería un poco más peculiar. Llegué al puerto a primera hora de la tarde y, tras comentar con otros motoristas nuestras respectivas rutas, embarqué. Recuerdo que cogí lo imprescindible para pasar la noche y subí a mi camarote rogando que las personas con quien tuviese que compartirlo no se presentasen y poder disfrutar así de una estancia más privada. Sin embargo, al cabo de un par de horas de travesía entraron dos individuos de rasgos eslavos. Al principio todo fueron presentaciones en un agradable tono; como eran de Estonia y no demasiado jóvenes hablaban ruso, lo cual facilitaba las cosas. El más alto, Sasha, se mostraba divertido e irreverente; en cambio, el más bajo, David, era más serio y formal que su compañero. De pronto, Sasha sacó una botella de coñac francés. La presentó con la alegría del que muestra un trofeo y empezó a bromear balanceándola y dándole besitos como si fuera un bebé. Miré a los dos con resignación, sospechando que ya estaba recibiendo mi primera ración de lo que me esperaba.  


—¡Mira lo que tenemos, Ricarda! ¡Campeones! ¡Bien! Pobrecita, con lo que yo la quiero —no puedo decir que la escena no me resultara familiar, pues ya había presenciado números más estrambóticos que el que me ofrecían aquellos dos personajes. Por un lado, me fue imposible aguantar la risa y, por otro, tuve que armarme de paciencia, pues sabía que con una botella como aquella, bebida con ansia por dos estonios motivados, había muchas posibilidades de que acabásemos mal.  
—Mirad, no quiero problemas de alcohol —dije, recuperando mi tono de profesor de instituto.
—¿Problema? ¿Qué problema, amigo? Coñac no da problemas, ¡solo soluciones! —contestó Sasha al tiempo que miraba a su compañero, y los dos rieron a carcajadas como viejos camaradas. Admito que también me reí, pues formaban un equipo de lo más gracioso.
—Anda, no seas aburrido. Quédate aquí con nosotros ¿Qué vas a hacer por ahí solo en el barco, andando de aquí para allá? —preguntó David ayudándose de una divertida mímica. Y en el fondo tenía razón, pero por experiencia sabía que ese tipo de fiestas no son para mí. Lo que se avecinaba era dos tonos más canalla de lo que yo podía soportar. Decidí salir de allí con el pretexto de ir a dar un paseo, no sin antes recordarles de nuevo que volvería en breve y no quería líos.


—Anda, vete tranquilo y que te diviertas. ¡Jajaja! —volvieron a reír los dos al mismo tiempo.  
Deambulé por el barco, empecé un libro, vi un concierto de una orquesta pachanguera y cené el bocadillo que traía para la ocasión. Sobre las once, regresé al camarote y encontré a los dos estonios en pleno festival. Ya casi se habían acabado la botella, lo sé porque lo primero que hicieron en cuanto entré fue ofrecerme lo último que quedaba. Estaban rojos como tomates, habían creado dos mesas, la primera juntando dos maletas pequeñas en la que iban cortando y compartiendo lomo embuchado, chorizo rojo y queso rancio acompañado de grandes pellizcos de pan. La otra era la mesita de noche y allí se encontraba la sección de bebida: la botella de coñac casi vacía, otra de vodka y unos vasitos de plástico. Como mantel, habían puesto las toallas de la ducha y como servilletas, usaban el papel de váter. Solo les faltaba un purito Rössli, que seguramente no sacaron para evitar la alarma antiincendios. Hablaban y reían a voces, cual borrachos, invitándome en cada brindis a unirme a ellos, y reconozco que ese día me habría gustado tener algo de soviético y ser capaz de incorporarme, pero no pude. Sonriendo, cerré la puerta y fui a la recepción a contar lo que pasaba y a solicitar un cambio de camarote.
—Lo siento señor, si sus compañeros solo le resultan molestos no es un motivo para cambiarle —dijo la  recepcionista, cuyos gestos denotaban que no tenía ningún interés en ayudarme.  


Volví resignado, dispuesto a pasar una noche que se adivinaba tan movida como la que había pasado en casa de Ivana en Rusia [ver cap. 2]. Entré, me senté y me que los quedé mirando de forma prudente. Al momento, se sentaron los dos delante de mí como dos hermanitos traviesos. Seguí rechazando de la mejor manera posible sus invitaciones. Trataba de acostumbrarme poco a poco al fuerte olor a aliento de embutido y alcohol, cuando noté como David, el más formalito, empezaba a mirarme con odio. Acababa de detectar que los había traicionado yendo a la recepción. Sonreí, lo que confirmó sus sospechas y, sin dejar el vaso, con la mano que le quedaba libre, se me tiró encima intentando darme algo parecido a un puñetazo. El pobre estaba tan mareado que se cayó de rodillas al suelo, su cabeza acabó entre mis piernas y el resto de bebida, derramada por la moqueta. Lo ayudé a incorporarse mientras Sasha hacía lo que podía por mantener la dignidad del equipo ayudando a su amigo, recogiendo el vaso y procurando poner un poco de orden en todo aquel desaguisado. Volví a la recepción y, esta vez, imagino que gracias a mis nuevos argumentos, accedieron a adjudicarme otro camarote. Pude ir a buscar mis cosas bajo la mirada de dos guardas de seguridad que, con su presencia, trataban de imponer respeto. David se mostraba consternado y Sasha incluso me ayudaba a recoger, mientras aprovechaba para justificarse y pedir disculpas por lo que acababa de suceder. Dos horas más tarde, ya en el nuevo camarote vi que me había olvidado las botas. Regresé, llamé a la puerta y me abrió Sasha con aire apesadumbrado. Le dije que no se preocupara que estas cosas pasan y que me diera las botas. Lo hizo, nos dijimos unas palabras en un tono comprensivo y hasta nos dimos la mano al despedirnos. Llegué a mi camarote, cerré la puerta y me tumbé aliviado en la cama, donde pude relajarme.


Fragmento del libro: Cinco Veranos en Moto. Editorial Diëresis 2019.
  Ricardo Fité.  

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